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martes, 25 de febrero de 2014

Secundarios de lujo

Acabo de hacer una pequeña reflexión, tan minúscula que apenas ha estado en mi cabeza un par de segundos. Ahora me apetece mucho venir aquí a hacerla un poco más larga. Tranquilos, no creo que me extienda mucho, no deja de ser una tontería, pero me apetece plasmarla aquí.

Estaba hace un momento leyendo las publicaciones en redes sociales de algunos conocidos y me he dado cuenta de cuánto me aportan en el día a día. No estoy hablando de gestos profundos, complicados o incluso dirigidos únicamente a mi persona. Se trata más bien de las cosas que no se dicen con palabras, de las fugaces y escasas interacciones que tenemos y, sobretodo, de saber que esas personas han conectado contigo de igual manera. No me estaréis entendiendo nada, pero voy a intentar explicaros cómo son esas personas de las que hablo.

Los he llamado secundarios de lujo. Son personas que quedan fuera de tu círculo más íntimo de amigos y familiares. Normalmente los conoces por casualidad, han coincidido contigo en algún evento, trabajo, clase o situaciones parecidas. Algunas de estas personas sí saben que son importantes para tí al igual que tú lo eres para ellas; otras no lo saben aun o no lo conocerán nunca. Puedes hablar de casi todo con ellas y la seriedad de las interacciones puede variar e ir desde reiros con un chiste hasta debatir sobre algún tema de actualidad. Se parecen mucho a aquellos llamados "amarillos" por Albert Espinosa en su libro El mundo amarillo, pero para mí estos últimos incluyen también otra categoría más protagonista y por eso ya no son secundarios. Yo me entiendo. 

El caso es que me siento afortunada por poder disfrutar así de los personajes secundarios de mi propia historia que es mi vida. No sabéis hasta qué punto son importantes esas personas, sobretodo porque me dan constantemente pistas de que estoy llevando mi vida por el buen camino, un camino que me ha permitido conocerlos y compartir así nuestras vivencias. Así que desde aquí les doy las gracias por haberme dado la oportunidad de conocerlos. 

No voy a dar nombres, puedes ser tú, lector, uno de esos personajes secundarios de lujo en mi vida... ¿qué opinas?

¡Hasta el próximo post!

viernes, 28 de junio de 2013

Oídos sordos

Acabo de llegar a casa un tanto molesta. Vengo del banco. "No me digas más", pensaréis. Es cierto que en los días que corren, mencionar el banco es sinónimo de algo no muy agradable, pero lo que me trae hoy aquí es algo diferente, podría haber pasado (y seguro que pasa) en cualquier otro lugar.

Veréis, he acudido al banco a hacer unas gestiones. La máquina que da los números de turno estaba estropeada, así que, como buenos ciudadanos, quienes estábamos allí hemos ido pidiendo la vez y estableciendo un orden. Aunque a priori parecía no haber nadie en la cola, al final he tenido que esperar la friolera de 40 minutos para que me atendieran, pues sólo había una persona en el mostrador de caja. Y si yo he esperado 40 minutos, quienes venían detrás mía aun tendrían que esperar mucho más. El caso es que de repente, tras llevar 30 minutos allí, ha venido una chica que tendría alrededor de 40 años y ha querido "ir a hacer una pregunta" y pasar antes que todos los que estábamos esperando. Por lo que ella misma hablaba con la persona que la acompañaba, no tenía pinta eso de ser una simple pregunta. Vamos, que quería colarse así por todo el morro. Se ha acercado a quienes estábamos a punto de ser atendidos para pedirnos amablemente si podía pasar a "preguntar". Tanto yo como el señor que iba dos sitios detrás mía le hemos dicho que sí, por no oirla más que nada. Pero la mujer que tenía justo detrás de mí ha dicho que no. Y aquí es donde viene todo el percal.

La chica de la "pregunta" nos lo ha pedido de buenas maneras. Y de las mismas buenas maneras dos personas le hemos dicho que sí y otra que no. La que se ha negado lo ha dicho en buen tono y sin hacer reproches tipo "te quieres colar", que era lo que todos pensábamos; simplemente es una persona que lleva más de media hora allí y, además de estar cansada, igual tiene prisa. Bueno, pues la chica de la "pregunta" se ha pillado un buen rebote y ahí es cuando se ha delatado ella solita, pero además ha demostrado ser de ese tipo de personas que, por duro que suene, son escoria para la sociedad. ¿Qué ha pasado? Pues ha pasado que la mujer que se ha negado era una inmigrante de origen marroquí y la de la "pregunta" era española, racista para más señas. De su boca de "ciudadana española que se cree mejor que tú, inmigrante" han salido una ristra de barbaridades racistas que me han hecho sentir rabia. Rabia porque nadie ha tenido el valor de decirle lo maleducada que estaba siendo, rabia por haberle querido ceder el turno segundos antes, rabia por saber que la mujer inmigrante estaba oyéndolo todo y sintiéndose discriminada, rabia en general por la injusticia que se estaba cometiendo. Empezar a mezclar lo del turno con un racismo tan injustificado me parece caer muy bajo. Me consuela que la engreída de turno no se ha salido con la suya y se ha tenido que poner a la cola, al final de la cola. Si ha decidido esperarse a hacer su pertinente pregunta, seguro que aun sigue allí sentada con su mala leche, aburrida.

 Ha sido una situación muy violenta, de esas cosas que no agrada ver y que entristece a cualquier persona educada con dos dedos de frente. Y lo triste de todo esto es que, a pesar de ser un incidente aislado en la cola de un banco esta mañana, es también algo que sucede todos los días y en cualquier lugar. Se dice que hay tontos en todos lados, pero es que cada día hay más. ¿Qué le pasa a esta sociedad? Decir que se es una persona educada para muchos es ya una falacia convertida en coletilla, ahí a mano para usarla en todo momento. En fin, me apenan mucho estas cosas. He llegado a casa sintiendo que tenía que denunciarlo y así lo estoy haciendo. Me habría gustado girarme y decirle a la mujer marroquí que no se preocupara, que no hiciera caso a una tonta, que no todo el mundo es así de intolerante, que aquella que la estaba llamando injustamente maleducada estaba demostrando serlo y que, en definitiva, a palabras necias, oídos sordos.